domingo, 23 de marzo de 2008

Mitos-manías de un amor desacertado



Maria Inés, De las Nieves se apellidaba, y era naturalmente fría.

Sabía que era preciso dejar todo. Y se acercaba el preciso momento…
Estaba entrenada para la lujuria y las pasiones matinales previas al desayuno, en medio del encantador rocío de fines de mayo.
Aún así desabrochaba el bretel y dejaba caer sus pezones sobre los húmedos labios de Valdemar Rivero Díaz. Aquél que endulzó sus noches, aquél que le dió todo.

Después del entierro, se dejaron de mirar a los ojos y la encendida llama dejó de arder cinco minutos antes que el último índigo de cielo adormeciera las tibias brisas de sus suspiros detrás de la nuca de la vida cruel.

Maria Inés, era un cadáver develado, un resto de residuos atónitos a los ojos de quien fuera el amante silencioso de sus regocijos vaginales. El edén quedó más que lejos y los proyectos de vida se desdibujaron una vez más en el hálito despiadado de la venganza.
Se vió una y otra vez con Rosendo, en esos días, a escondidas de Valdemar que padecía embalsamado la rutina y el estrés de la estrepitosa ciudad acaudalada de miserias infinitas.

No alcanzaba la tibia brisa; Seguía buscando el viento.
Esto siempre desemboca en tormentas.

El encuentro fue casual. Tal causalidad, la desesperación de la vida mundana, el aburrimiento, el recuerdo del pasado, le dejó de hacer efecto y olvidó por completo los viejos rasguños que fueron excretados, a pesar de las cicatrices evidentes.

Era más fuerte la tentación de crear huracanes que destruyen todo a su camino.

Valdemar siguió las pistas y descubrió el ansiado secreto bajo la lupa de la desesperanza y tras lo extraño del espacio que imponía Maria Inés de esa miel que chorreaba de los pezones distantes.

Fue la calamidad. Fue una tormenta que nunca dejó de pasar.

Negó hasta sus genes, la verdadera identidad de sus marcas. Siempre tenía un pretexto superado de ensoñación irreal que la hacía positiva, encantadora, embrujo de una sonrisa alentada por el dolor que llevaba escondido en las entrañas. La insatisfacción eterna, el deseo que se consume estrepitoso luego del fogonazo de entre-sábanas con amantes deseosos de escapar luego de cada huída.
El llanto era cotidiano y las proyecciones hacia Valdemar, constantes. Hasta que dejó todo. Lo malo y lo bueno.
Maria Inés se dejó.

El creyó que era el culpable e intento una penúltima excusa para tocarla.
Desacertó el tiro.
Así y todo creyó verla desfallecer, endurecerse, hasta secarse.
Tenía la mira empañada de lágrimas que regaron el dolor que se transformó en angustia, luego en odio, y floreció en olvido.
Hasta que detectó la luz cinco minutos antes que el último índigo de cielo adormeciera las tibias brisas de sus suspiros detrás de la nuca de la vida cruel.
Y pasó la tormenta, pero quedaron los huracanes…

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